Cargando...

Blog

Algunas ideas, novedades, pensamientos y otros menesteres.
Home / Blog / Opinión
Miércoles 28/10/2015

Hágase un favor, déjese asesorar

Parte del folclore profesional nos indica que, cada tanto, nos encontraremos con misteriosos clientes que olvidan los motivos por el que nos contrataron.

  • Hágase un favor, déjese asesorar

Veamos el siguiente ejemplo: Juan decide abrir su propia financiera, con el objetivo de brindar créditos a las PyMEs de su localidad. Por la cabeza de Juan corren un montón de ideas y necesidades. Entre ellas, la de darle una imagen a su emprendimiento, porque si algo ha aprendido en sus años es a ser prolijo y ordenado. Por eso, Juan recurre a su hermano, Marcelo, para que le recomiende a un profesional de la comunicación. Este le recomienda a Pedro, diseñador gráfico, licenciado en publicidad, diseñador web, etc. Le comenta que ya ha hecho varios trabajos y que ha dado resultado. No es el más barato, pero tampoco el más caro y, al final, la relación calidad/precio se vio cumplida.

Envalentonado por su hermano, Juan llama a Pedro y le comenta que quiere, para arrancar, un logo. Pedro le realiza una serie de preguntas de rutina, aprendidas en el diario trajín de interpretar las necesidades del cliente y de traducirlas en herramientas gráficas útiles.
Juan quiere algo prolijo, por lo que Pedro pone manos a la obra. Piensa en el cliente que tomará esos créditos, en la voraz competencia, en un diferencial que haga resaltar al negocio, en las características básicas que debe tener un logotipo para ser aplicable, escalable, en definitiva, útil. Prepara 3 opciones y se las envía a Juan. Este las rechaza de lleno. Pedro, entonces, prepara otras 3 opciones más. Juan vuelve a rechazarlas, esta vez pidiendo el agregado del color rojo y haciendo hincapié en que desea “impactar”. Pedro, ante esta expresión, se estremece. Un poco asustado, vuelve a enviar opciones, en esta ocasión solo 2, como para “tantear” el terreno. Se predispone a la catástrofe, pero hace un último intento antes de verificar una intención inevitable.
Juan vuelve a rechazar las 2 opciones. Quiere más rojo, más impacto, más detalles. Quiere “impacto”. En las últimas líneas del email con la devolución, Juan le comenta a Pedro que pasará a visitarlo con el objetivo de resolver el tema del logo.

Finalmente, se reúnen en el estudio de Pedro. Juan dibuja en su cuaderno lo que desea lograr. Pedro lo observa aterrado. Juan pide tipografías, pruebas de color, cambios de tamaño y agregados inverosímiles de objetos por doquier, todo con el fin último de que su logo “destaque”.
Finalmente, Pedro desarrolla el logo que Juan quiere. Ante el evidente cambalache, el diseñador advierte a su cliente que el logo es inaplicable, que no resistirá cambios de tamaño y que difícilmente podrá utilizarlo en soportes diversos. Cree con esto que ha cumplido su deber profesional de avisar cuando un cliente está atendiendo a su propio sentido estético antes que a la funcionalidad y la forma, el equilibrio y el balance.

Juan, orgulloso, le abona a Pedro el honorario convenido por el diseño del logo y se marcha.
Pasados 15 días, Juan decide, antes de inaugurar y poner la oficina en marcha, mandar a bordar las chombas de los empleados, hacer llaveros y plotear el exterior del local. Para esto, envía el logo a los diversos proveedores, los cuales le advierten de manera inmediata que su logo no puede bordarse, no puede imprimirse en llaveros y no puede plotearse en vinilo de corte en las ventanas del local. ¿La razón? El volumen altísimo de detalles y la complejidad de la tipografía.
Con algo de estupor, Juan vuelve a llamar a Pedro, esperando algo de ayuda. Nuestro valiente diseñador es un tipo de buen corazón y, con amor y paciencia, le recuerda a Juan que fue advertido al respecto y que a ese monstruoso logo no hay vuelta que darle. Es necesario hacerlo de nuevo.

Esta pintoresca historia tiene por moraleja una sola idea: recordemos los motivos por los cuales recurrimos a un profesional. Tampoco esperemos que el diseñador resuelva todo. El cliente debe guiar y corregir, pero la planificación, ejecución y puesta en marcha de una herramienta de comunicación debe ser atendida por un profesional. Y si un profesional le recomienda enfáticamente que no tome un camino, justificando los motivos de su recomendación, hágase un favor: déjese asesorar. Le va a salir más barato, no solo en términos de dinero, sino de tiempos y de disgustos.

CONTANOS QUÉ NECESITÁS